Opinión

Superarnos. Por Soher El Sukaria

Una de las frases que más frecuentemente escucho desde que tengo memoria, es que la Argentina está en crisis. Y aunque pueda resultar una realidad, siempre he tenido la sensación de que estamos frente a problemas que tienen solución. La cuestión es que necesitamos enfrentarlos en conjunto, con inteligencia y compromiso.

A menudo me pregunto si la sociedad argentina asumió con madurez los desafíos que le corresponden a una verdadera democracia o aún nos encontramos en una etapa de adolescencia tardía, colmada de conflictos domésticos que no enfrentamos.

Hoy tenemos una profunda necesidad de ser protagonistas, para quedar menos condicionados por la fragmentación de los ideales, menos monopolizados por discursos que no reparan en contextos ni implicancias.

El mundo en el que vivimos resulta mucho más complejo, donde las personas estamos unidas por lazos invisibles y a la vez indiferentes en una sociedad hiperelacionada e individualista. Vivimos inmersos en escenarios de tensiones dentro de los cuales debemos redescubrir nuestra identidad buscando permanentemente aceptación y aprobación que nos deja expuestos e inmersos en nuevos mecanismos de expresión y construcción de espacios de identificación común.

Nuestra vulnerabilidad nos debe hacer replantear e interpelar el contexto actual y los hechos que a diario padecemos, para propiciar nuestra autocrítica y redescubrir nuestras fortalezas como aportes a la sociedad, preocupándonos, por el delicado mosaico ciudadano pueda ser destrozado en cualquier momento.
Nuestro país no es la excepción y por ello debemos capacitarnos para el desafío de convivir y reeducarnos en el respeto al prójimo. Hoy más que nunca debemos sentir responsabilidad por todo el mundo, viviente e inanimado, de la creación y ser sensibles al odio, la pobreza, la violencia y lo que amenaza la vida en comunidad.
Los principales obstáculos a derrumbar son humanos. Tienen que ver con la salida de la zona de confort de cada uno y el poder mirarnos a la cara con la verdad por delante. Ser capaces de sentir y poder empatizar verdaderamente con las personas que invisibilizamos: los pobres, los marginados, los analfabetos, las víctimas de violencia, las mujeres y los jóvenes vulnerados, los que sufren la falta de oportunidades. En definitiva, poder derrotar la ausencia generalizada de conciencia sobre los demás seres humanos.

Frente a esto, el único camino posible es asumir el compromiso, educar y educarnos, ser solidarios, exigir rendición de cuentas, contribuir activamente al buen gobierno, obligarnos al esfuerzo y al respeto por las diversidades, mirar al otro y descubrir un “nosotros”, superar la arrogancia que nos amenaza con nuestra mutua destrucción. Y construir una sociedad que tenga sus raíces en la unidad de la familia y los valores fundamentales que todos compartimos.

Quizás, quienes tenemos más responsabilidades, debemos impulsar activamente una sociedad más digna, pacifica, justa y humana, donde las expectativas de cada ciudadano sea nuestra obligación, aunando esfuerzos y colaborando en erradicar el mayor mal de cualquier sociedad, la desigualdad, madre de la inequidad y de la exclusión.

Nos hagamos cargo del país que intentamos, que deseamos y por el que trabajamos para que sea viable. Dejemos de mostrarnos petulantes y de repetir que tenemos el país que nos merecemos, los gobernantes que nos merecemos y el destino del que no somos parte. Hagámonos cargo: nosotros elegimos cada día nuestro presente y forjamos nuestro futuro desde lo personal hacia lo colectivo. Si no, corremos el permanente peligro de elegir gobernantes que resuelvan por nosotros, prometiéndonos la patria perfecta, bajo una democracia herida de demagogia.

Hoy, con más virtudes que defectos, con muchos aciertos y desaciertos, estamos participando como sociedad de un proceso de transformación política en nuestro país, asumiendo un nuevo estilo de liderazgo político. Un liderazgo que sale de Casa Rosada y de los escritorios para hablar directamente con la gente como servidores públicos. Que dice la verdad ante todo y que no se siente superior. Que entiende y asume que las necesidades ciudadanas son sus propias necesidades, empatizando y provocando emociones.

Es la primera vez, desde 1853, que en Argentina no vivimos bajo un régimen presidencialista sino con la dirección de un equipo de gobierno que, además, cogobierna con los poderes provinciales sin oficiarles de ordenadores, respetando y coordinando decisiones y políticas públicas. De un gobierno que nos habla de equipo y que se muestra como es, acatando nuestro DNI: la Constitución Nacional que destaca los principios de gobierno federal.

Los invito a que dejemos la comodidad de la crítica de lo que se hace y cómo se hace y pasemos a la acción: a ser artífices de nuestro destino común. Caso contrario, seguiremos esperando el líder mesiánico que nos viene a salvar porque descreemos de nuestras capacidades como sociedad.

Dejemos de mirar al infinito y miremos al frente. Descubriremos que podemos hacer muchas cosas para cambiar positivamente y que, si aportamos desde nuestras fortalezas derribaremos muchos de los grandes prejuicios que tenemos como comunidad que quiere y busca salir adelante. Pero no lo lograremos sino trabajamos JUNTOS.

Publicado en “Reflexiones Políticas VIII”. Diciembre de 2018

2019-07-12T12:24:04+00:00 01/12/2018|Categories: 2018, Opinión|