Opinión

Los valores de la democracia. Por Federico Pinedo, Presidente Provisional del Senado

Cuando luego de la experiencia griega de 5 siglos antes de Cristo se volvió a hablar de democracia, durante el iluminismo, en los siglos XVIII y XIX, los autores se preguntaron cuáles eran los valores que servían de fundamento y de objetivo a la democracia. Viejos nombres, hoy poco visitados por quienes se autodefinen como intelectuales, pusieron su genio e intelecto en ello. Entre ellos estuvieron John Locke en Inglaterra, quien, tal vez por ser perseguido por su rey, definió la división de poderes y defendió la propiedad privada como garantía de la libertad de las víctimas de los autoritarios; John Stuart Mill, también en la isla, escribió sobre la soberanía del pueblo con su erudición extraordinaria; Montesquieu y Tocqueville lo hicieron en Francia, asombrado el último por el experimento popular e igualitario de los nacientes Estados Unidos; el práctico Mirabeau, lleno de brillo, defendió los mismos principios en la revolución francesa.

En estos tiempos de populistas autoritarios, que están dispuestos a pasarse por encima la dignidad de las personas, sus libertades y sus votos, atacando en forma directa la democracia, aunque mintiendo al respecto, por supuesto, es bueno que bebamos nuevamente un poco de agua clara de las fuentes. Digo esto, porque si no, corremos el riesgo de que los tiranos, torturadores y asesinos de opositores o seres libres, se den el lujo de cuestionar los pergaminos democráticos de los demócrata cristianos y de los socialistas o de los renovadores chilenos que enfrentaron a Pinochet, de Frei y Aylwin, a Ricardo Lagos y Bachelet, pasando por Piñera, quienes respetaron los derechos de sus compatriotas, fueron elegidos por su pueblo y bajaron la pobreza de modo sostenido y notable.

Por eso es bueno recordar que algunos definieron la democracia como el gobierno del pueblo. Eso quiere decir que no se trata del gobierno de algunos, aunque sean más que otros, sino del gobierno de todo el pueblo, mayorías y minorías, oficialismos y oposiciones. Por eso en democracia se deben respetar las opiniones ajenas aunque no coincidan con las propias, porque son parte de las opiniones del pueblo soberano y nadie tiene derecho a pasárselas por encima, aunque se disfrace de militar y se llene de condecoraciones ganadas en los escritorios de la política y se diga dueño del pueblo o de la nación o de lo nacional o de lo popular, porque nadie lo es. La patria somos todos, resuena el poema de Borges.

Otros, como Amartya Sen, hindú pero lector de los iluministas como Stuart Mill, definen la democracia como el gobierno por medio de la discusión pública. Recuerda Sen que la discusión pública de los temas públicos, requiere como base del respeto de las opiniones ajenas, a lo que se denomina tolerancia. Luego cuenta que el propio presidente Mao reconoció que este método de gobierno era el que permitía a los gobernantes conocer lo que pasaba debajo de ellos, en el pueblo que debían gobernar, lo que les permitía adecuar sus decisiones a esa realidad. Remarca también Sen que esa discusión obligó a los gobernantes a ocuparse de temas tan dramáticos como las hambrunas, que sin democracia llevaron a la muerte en el siglo XX a decenas de millones de personas bajo regímenes totalitarios. Y destaca que el sistema de la discusión pública y del respeto, es lo que permite incluir a las minorías y facilitar el progreso y el desarrollo social y personal.

Concluyo estas pocas palabras con una reflexión sobre otros valores que defendemos los demócratas. El valor de la verdad, porque no hay respeto por el otro sin ella. El valor de la decencia y la transparencia, porque no hay representación sin ellas. El valor de la humildad de saber que uno no ve toda la realidad, que los demás perciben aspectos de ella que nosotros no observamos y que la discusión es lo que nos acerca a la realidad y a los caminos posibles. El valor del diálogo, de razonar en común junto con el adversario, para encontrar huellas compartidas, que nos permitan convivir en paz, en lugar de en conflicto permanente. El valor de la no violencia, hija del respeto por la dignidad de las demás personas, piensen igual o distinto. El derecho a la libertad de trabajo y expresión. El derecho a no ser privados de lo que la ley nos reconoce a todos por igual. Eso es la democracia, esos son sus valores, eso es lo que defendemos y no debemos nunca dejar de defender.

En días de dudas, de ignorancias, de autoritarios y de engaños, es bueno recordar que esa lucha justifica proezas como la remontada electoral de los republicanos argentinos de octubre de 2019.-

Publicado en “Reflexiones Políticas IX”. Noviembre de 2019

2019-11-07T16:59:55+00:00 07/11/2019|Categories: Opinión|