Opinión

G20 y después: Certezas y desafíos en un mundo en tensión entre la convergencia y el conflicto. Por Carolina Castro

La cumbre del G20 de Buenos Aires fue uno de los principales acontecimientos de política internacional en un año difícil para las relaciones geopolíticas y geoeconómicas. Nuestro país asumió un rol importante y tuvo una actitud constructiva, aún cuando la realidad parecía mostrar que lograr consensos en un mundo donde parece crecer el conflicto sería una quimera.

A mi me tocó conducir como sherpa junto a Fernando Landa el capítulo empresarial del G20, denominado B20 (Business 20). Durante 10 meses de trabajo, 1.700 ejecutivos de 740 empresas y 260 federaciones de empleadores mantuvieron 56 reuniones para debatir y consensuar más de 80 recomendaciones de políticas que entregamos a los líderes a través del Presidente Macri al final del proceso.

Un primer punto para destacar es que la participación del sector empresarial fue récord en comparación con los anteriores B20. Hay muchas formas de interpretar esta creciente participación, pero una de las principales es que el sector privado global es cada vez más consciente de la necesidad de apuntalar a un proceso de globalización que parece retraerse en todo el mundo.

En el mundo de hoy hay más fuerzas disruptivas que aglutinantes. Esa realidad se ve cada día en los principales acontecimientos políticos y económicos: desde el Brexit y la elección de Donald Trump hasta el fuerte crecimiento de las medidas proteccionistas en el mundo (se multiplicaron por siete en el último año, según la Organización Mundial de Comercio) y la creciente debilidad de los esquemas decisorios multilaterales. Los actores que participamos en el B20 no fuimos ajenos al hecho de que mientras empezábamos el proceso se disparó la guerra comercial entre las dos principales potencias mundiales: Estados Unidos y China.

En ese contexto, avanzar en una agenda de temas importantes corría el riesgo de colisionar con lo urgente. El documento final del G20, y allí el éxito de la cumbre de Buenos Aires, no dejó de lado a ninguno de los temas que generan rispidez en la política internacional actual, entre ellos las reglas del comercio y el cambio climático. Al contrario, planteó con claridad la necesidad de reformar a la OMC y confirmó al Acuerdo de París como el camino a seguir para mitigar colectivamente la cuestión ambiental. No es un logro menor.

Desde el B20, uno de los varios grupos de afinidad que presentaron recomendaciones a los líderes, tomamos como eje rector de las recomendaciones a los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas y buscamos que cada una de las propuestas se encuadrara dentro de uno de los siguientes tres postulados: contribuir a la igualdad de oportunidades y la inclusión, fomentar el crecimiento económico, y hacer un uso sostenible de los recursos. Con esos ejes transversales, y a partir de ocho grupos de trabajo, detectamos una fuerte coincidencia en múltiples temas que cruzan las fronteras, y que necesitan ser abordados con un enfoque global y multilateral.

Quiero aquí hacer foco en dos de ellos, íntimamente relacionados y que también son clave para el futuro de Argentina: el empleo y la educación, y la economía digital.

Generar hoy el empleo de mañana

Con el avance de la digitalización, la robotización y la inteligencia artificial, más de la mitad de la fuerza laboral actual va a necesitar aprender nuevas capacidades en los próximos años, según el estudio más reciente del World Economic Forum sobre el futuro del empleo (https://www.weforum.org/reports/the-future-of-jobs-report-2018) . La situación es aún más compleja en países como Argentina, donde más de un tercio de la fuerza laboral está en situación de vulnerabilidad, sea desempleada o empleada en el sector informal. Los avances tecnológicos están incrementando de manera notable la productividad de la economía, pero requieren un esfuerzo adicional en capacitarnos y reconvertirnos para poder ser protagonistas y no víctimas del proceso.

La revolución en el mundo del trabajo está en marcha, y se va a intensificar. Yo lo contemplo de primera mano en mi experiencia empresaria. En Industrias Guidi, autopartista con casi seis décadas de historia, entre 2011 y 2018 casi duplicamos la producción en el área de soldadura, entre otras cosas, gracias a la automatización del 93% del proceso con la incorporación de 22 robots. Pero al mismo tiempo incrementamos el empleo 8%, con nuevos roles ligados al seguimiento y la supervisión en tiempo real de la producción.

Esta agenda de transformación es prioritaria en todos los países, ya que tanto empresarios como dirigentes políticos intuyen, con razón, que el resultado de este proceso decantará en una nueva configuración de la economía global y, por ende, de la relación de fuerza de los países.

Durante nuestro trabajo en el B20 encuestamos a empresarios pyme de los países participantes para entender cuáles era los principales desafíos que enfrentan. La conversión a una economía digital figuraba, predeciblemente, en los primeros lugares. Sin embargo, cuando abrimos la información por país, el tema quedó muy rezagado en la lista en nuestro país.

¿Acaso los empresarios argentinos no perciben el riesgo de quedar atrás del cambio o, peor aún, no ven la oportunidad que tienen frente a sus ojos? No. Lo cierto es que los empresarios pyme tienen bien claro hacia donde va el proceso, pero enfrentan cuestiones más perentorias para la misma supervivencia de sus emprendimientos, como la dificultad de acceder al financiamiento o la presión fiscal. Tienen razón: no tener acceso al crédito es uno de los principales problemas por los cuales no pueden encarar de manera sistemática una agenda de transformación 4.0.

Del lado del Estado, está la otra cara de la moneda. Para que los trabajadores del presente y sobre todo los del futuro tengan puestos donde desempeñarse hace falta que reciban una educación diferente, orientada a construir capacidades más que a meramente adquirir conocimientos. Los especialistas lo llaman “Learning to learn”, formar alumnos con las herramientas para aprender por ellos mismos a desempeñarse en situaciones complejas.

Además de nuestro rol anfitrión y coordinador como país, el G20 en general y el B20 en particular nos ayudó a ver de cerca cómo encara el mundo estos temas, y sobre todo el camino que todavía tenemos que recorrer para achicar la brecha. Argentina invierte apenas el 0,6% de nuestro PBI en Investigación y Desarrollo (I+D), la mitad de lo que invierte Brasil y apenas una fracción de lo que invierten los países desarrollados como Alemania (2,9%) o Japón (3,3%). Avanzar lugares en esa tabla requiere un esfuerzo conjunto entre el sector público y el privado, capaz de dar incentivos y materializar mayor inversión en los próximos años.

El mundo de grises que vimos en 2018, con los consensos del G20 y las discrepancias de la realpolitik, nos demuestra que adoptar esta agenda de largo plazo es urgente. La frase no encierra una paradoja: aunque los resultados se vayan a ver en el tiempo, no hay tiempo que perder para poner en marcha las políticas que nos permitan entrar al nuevo mundo que viene de manera inteligente y beneficiosa para los ciudadanos argentinos de hoy y de mañana.

G20 y después

Los próximos meses, o los próximos años, dirán si las fuerzas de la convergencia o las de la divergencia van a predominar en el proceso de globalización actual. El G20 de Buenos Aires y el trabajo de los grupos de afinidad como el B20, con el liderazgo argentino, fueron un grano de arena importante en pro del acuerdo. El próximo capítulo será en Tokio este año.

Pero para nuestro país, la experiencia deja certezas y desafíos por delante. La primera certeza es que Argentina puede hacer aportes importantes al concierto internacional, a partir de sus ideas, sus valores y la tradición de nuestra dirigencia. La segunda certeza es que el mundo se debate entre continuar, reformar o dejar de lado al sistema multilateral de toma de decisiones en base a reglas.

En cualquiera de los escenarios que nos traiga el futuro, el desafío para Argentina es lograr avances en las agendas que van a definir las relaciones internacionales en los próximos años y décadas. Y esas agendas, entre las que se destacan la transformación educativa y productiva tienen que ser nuestra principal prioridad.

Publicado en “Reflexiones Políticas VIII”. Diciembre de 2018

2019-07-12T12:28:02+00:00 01/12/2018|Categories: 2018, Opinión|