Opinión

Elites y politica exterior. Por Francisco de Santibañez

El mundo esta experimentando profundos cambios y una de las principales consecuencias que esto tendrá para la Argentina es que el margen de maniobra que tendremos para cometer errores estratégicos será mucho menor. En los próximos años deberemos por lo tanto establecer las bases de una política exterior racional, confiable y durarera -que deje de cambiar de gobierno en gobierno. Como veremos a continuación, esto solamente será posible si contamos con una clase dirigente capaz de alcanzar acuerdos y defender el interés nacional.

Un nuevo mundo

Durante el resto de nuestras vidas, la relación que en gran medida definirá las relaciones políticas y económicas entre las naciones será la que mantienen las dos grandes potencias del sistema internacional: China y los Estados Unidos. Efectivamente, la diferencia de poder que existe entre estos Estados y el resto es enorme, tanto en términos económicos como tecnológicos y militares. Vivimos, en definitiva, en un mundo bipolar.

Esta realidad representa oportunidades y amenazas para la comunidad internacional. A continuación nos detendremos a analizar uno de los mayores desafíos: la conflictividad natural que se da entre una potencia hegemónica y otra ascendente.

La historia nos muestra que cuando el sistema internacional pasa de estar dominado por un gran poder hacia otro en la que conviven dos potencias, la inestabilidad aumenta.  La potencia hasta entonces dominante (Estados Unidos) verá con desconfianza el ascenso de un nuevo rival (China) mientras que esta útima se sentirá amenazada por una potencia hegemónica que, según una interpretación posible, no querrá compartir el poder. Ante la duda, ambos países optarán por implementar una política exterior más ascertiva e incrementarán su gasto militar.

De hecho, esto es lo que esta sucediendo. Washington no sólo ha impuesto sanciones comerciales a China sino que también ha fortalecido su relación militar con muchos de los países que rodean a la potencia asíatica -y que también se sienten amenazos por su crecimiento. Beijing, por otra parte, ha reforzado su presencia en el mar de la China y ha invertido fuertemente para prevalecer en el campo tecnológico -especialmente en las comunicaciones y en la tecnología 5G. En este sentido, no debemos dejar de señalar que los avances tecnológicos también impulsan el poder económico y militar de una nación.

Pero que exista una rivalidad estratégica no significa que esta terminará en un conficto militar. De hecho, esto no fue lo que sucedió durante el último gran enfrentamiento estratégico (entre EEUU y la Unión Soviética). En efecto, la presencia de armas nucleares sirve para disuadir a líderes que son conscientes que un enfrentamiento nuclear sería suicida. Lo que sí puede ocurrir es que las potencias busquen resolver sus disputas a través de otros Estados o dentro de otras naciones.

Esto tiene importantes consecuencias para nuestro país ya que, a diferencia de lo que sucedió durante la Guerra Fría, el cono sur de nuestro continente puede terminar convirtiéndose en uno de los escenarios de la disputa global. A diferencia de lo que ocurrió con la Unión Soviética, la economía china es compatible con la de Chile, Brasil y la Argentina. Esto ha hecho que su presencia -tanto a nivel comercial como de inversiones- sea actualmente relevante y seguramente lo sea aún más en el futuro.

Asimismo, ya no no existen el tipo de barreras culturales que ayudaron a detener la expansión soviética en la región. Ni la Iglesia Católica ni el empresariado, por tomar tan sólo dos ejemplos, sienten amenzada su existencia por la presencia china.

El futuro

Dada esta realidad, el peor escenario posible para la Argentina y América latina en general es que algunos de nuestros Estados comiencen a tomar partido por China y otros por Estados Unidos. Esto podría derivar en conflictos en la que ha sido hasta ahora una de las regiones más pacíficas (en términos de conflictos entre Estados) del planeta.

En este sentido, preservar la relación estratégica que mantenemos con Brasil resultará clave. Este es uno de los pilares sobre el que se sostiene la paz y la estabilidad de la región. Entre los muchos logros de esta relación s destaca el uso pacífico de la energía nuclear y la -aún imperfecta- eliminación de barreras comerciales. Nuestros líderes deberán por lo tanto evitar que las diferencias entre Buenos Aires y Brasilia y las presiones externas pongan en riesgo a esta alianza.

¿Cómo debemos relacionarnos con los principales centros de poder? En primer lugar, tratando de sacar provecho de nuestra relación con China y los Estados Unidos. Al fin de cuentas, la Argentina necesita comerciar y recibir inversiones para poder desarrollarse económica y socialmente. En este sentido, el posible acuerdo estratégico con la Unión Europa debe ser visto como una gran oportunidad.

Por el contrario, involucrarse en las diputas entre China y Estados Unidos puede resultar peligroso. La Argentina no cuenta con las capacidades estatales (las carencias de nuestro sistema de defensa y de la alta burocracia estatal son notables) ni con una economía suficientemente productiva para participar de un juego geopolítico para el que simplemente no estamos preparados.

Mientras tanto, la Argentina deberá aprovechar los próximos años para superar sus vulnerabilidades. Y no me refiero únicamente a la manera en que se relaciona con el mundo, sino también a la necesidad de aumentar las inversiones productivas, reformular un sistema de eduación que no cumple con muchas de sus funciones y mantener una política fiscal responsable. Sin esta última, no sólo careceremos de una economía productiva sino que nuestra política exterior perderá independencia (dependiendo siempre de la buena voluntad de nuestros acredores).

Pero para que esta estrategia funcione la Argentina necesita contar con una clase dirigente abierta, meritocrática y capaz de defender el interés nacional.

Las Elites

Cuando pensamos en las elites suele aparecernos en la cabeza la imagen de unos señores fumando cigarros y tomando en algún club social mientras definen el futuro del país. Pero una elite es mucho más que eso.

Para servir los intereses de la sociedad, la dirigencia (y no la mera suma de dirigentes) debe estar compuesta por los mejores miembros de la sociedad (de ámbitos tan diversos como el empresarial, político, sindical, religioso  e intelectual). Sus integrantes deben asimismo compartir lazos de confianza, saber llegar a acuerdos y tener en claro un proyecto de país.

Lamentablemente hace mucho tiempo que la Argentina no tiene este tipo de dirigencia. Por el contrario, hoy tiende a primar la polarización y la falta de formación, confianza y diálogo. A su vez, esta incomunicación ha ayudado a generar una serie de prejuicios que resulta difícil superar.

Para ser exitosa la política exterior de un país debe poder perdurar en el tiempo. Un país que zigzagea constantemente pierde el respeto de la comunidad internacional, resulta poco atractivo para sus alíados y no despierta temor entre sus posibles rivales.

A lo largo de las últimas décadas la Argentina ha tenido gobiernos con mejor o peor política exterior, pero lo que la ha caracterizado son sus constantes cambios en temas centrales como Malvinas y su relación con Estados Unidos. Por el contrario, las políticas de Estado han sido relativamente pocas -entre ellas podemos mencionar nuestra política nuclear y la relación con Brasil.

¿Qué necesitamos entonces para conformar una clase dirigente que nos permita llevar adelante una política exterior adecuada para nuestros intereses? En primer lugar, generar lugares de encuentro para los futuros dirigentes. Estos espacios deben servir para que intelectuales, políticos y sindicalistas, entre otros tantos, puedan dialogar, desarrollar lazos de confianza y sentar las bases de un nuevo proyecto de país. Esto requerirá de pensamiento estratégico y paciencia, pero ante todo de voluntad de cambio.

Publicado en “Reflexiones Políticas IX”. Noviembre de 2019

2019-11-14T15:44:55+00:00 07/11/2019|Categories: Opinión|