Opinión

El G2 nació en Buenos Aires. Por Diego Guelar

Desde mediados de los 60’s, se reunía en formato informal el G5: Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania y Japón (los países “Centrales Industrializados y Democráticos”) para coordinar sus políticas financieras y macroeconómicas. En 1976, se incorporarían Canadá e Italia constituyéndose así el G7. En 1994, en la Cumbre de Nápoles, se incorporó Rusia al Grupo conformándose el G8. Es de destacar que en 1991 se había disuelto la URSS y que, de esta forma, se daba la bienvenida a Rusia como nueva nación democrática (En el 2014, por la ocupación de Crimea, por parte de Rusia, este último país sería “suspendido” del Grupo, que volvió a funcionar como G7).

Este grupo sigue funcionando y su última reunión anual ocurrió en Quebec, Canadá, el 8 de junio de 2018. Ya en esta oportunidad, quedó de manifiesto el “discomfort” del Presidente Trump en su pertenencia al mismo. Para fines del Siglo XX, el G7 y en particular los Estados Unidos, entendieron que era imprescindible darle participación a los grandes países emergentes, en particular China y Rusia, para discutir los problemas globales. Y es así, como en 1999, en Berlín, se reúne por primera vez el G20. Integrado por 19 países de los 5 continentes más la Unión Europea (los integrantes del G7, más Rusia, China, Brasil, México, Argentina, Australia, Corea del Sur, India, Indonesia, Sudáfrica, Turquía y Arabia Saudita). Este compacto grupo representa el 85% del PBI mundial.

Desde 1999 hasta 2008, las reuniones se limitaban a los Ministros de Economía y Presidentes de los Bancos Centrales. La crisis de ese último año provocó que se decidiera el “upgrade” del Grupo, realizándose una Cumbre anual a nivel de los Jefes de Estado y reuniones sectoriales ministeriales a lo largo de todo el año en el país al que le correspondiera ejercer la presidencia del Grupo. Las acciones financieras coordinadas entre los años 2008-2009 permitieron neutralizar los efectos más dañinos de una crisis comparable a las de 1930. La crisis permanente de las Naciones Unidas y la imposibilidad de reformar sus instituciones adaptándolas a la era de la post guerra fría, plantearon la necesidad de generar un ámbito de encuentro y debate de los grandes temas internacionales que permitieron consolidar el mundo multipolar que exigía el siglo XXI.

El G20 demostró en los últimos 10 años una gran capacidad de orientar acciones comunes y morigerar las tensiones y conflictos que aún subsisten.

Por primera vez en la historia, temas de gran complejidad comenzaron a presentar un nivel muy alto de consenso: la prioridad de la lucha contra la pobreza, la defensa del medioambiente, y un frente unido para combatir el narcotráfico y el terrorismo. Frente a un siglo XX que vivió tres guerras globales y decenas de conflictos regionales, el siglo XXI presenta aun la posibilidad de ser un siglo de “paz y progreso” inédito en la historia de la humanidad (pese a unos dolorosos conflictos puntuales y los frecuentes ataques terroristas que causan daños materiales y lamentables pérdidas de vidas).

Pese a estos avances, los primeros años del siglo XXI presentan una incertidumbre que no es posible dejar de soslayar.

Los viejos nacionalismos que parecían desterrados han vuelto a aparecer generando un panorama lleno de dudas que no permite establecer un horizonte claro para superar los problemas identificados y retóricamente condenados a desaparecer.

El estilo de la actual Administración norteamericana, la debilidad de la Unión Europea y la ola de populismos emergentes, nos plantean más interrogantes que respuestas. En este marco, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el Consejo Europeo, el G7 y el G20 muestran serias limitaciones para el ejercicio de un liderazgo imprescindible para responder a los nuevos desafíos de la nueva década.

El resultado de la Cumbre del G20 realizada en Buenos Aires realizada el pasado 30/11 y 1/12 del 2018, nos plantean una luz de razonable esperanza. La llamada “guerra comercial” declarada por los Estados Unidos a China en el mes de junio del año pasado, puso en alerta máxima a todo el mundo por sus eventuales consecuencias económicas, políticas y anque militares.

Si bien es difícil pensar en la ruptura de la mayor asociación entre dos naciones construida a lo largo de la historia –y eso es precisamente la relación chino-norteamericana- las señales eran (y son) harto preocupantes.

Sin embargo, contra todos los vaticinios, terminó con un documento consensuado que nos permite caminar hacia el 2019 con una revitalización de la OMC y un giro desde la “guerra comercial” a la “negociación, conflicto y cooperación permanente” entre China y los Estados Unidos.

El 1 de diciembre de 2018 nació oficialmente el G2 en la cima de la pirámide truncada del poder mundial. La potencia hegemónica reinante y la emergente tiene la responsabilidad de superar la “trampa de Tucídides” y encontrar el camino del equilibrio entre la cooperación y la competencia que les permita a ambos convivir. El mundo es lo suficientemente grande como para que quepan los dos. Que China siga creciendo y los Estados Unidos continúen aportando su capacidad creativa y su responsabilidad global. La China moderna es un fenómeno muy nuevo que necesita todavía aprender y madurar. Lo está haciendo iluminada por la sabiduría de una antigua civilización que está metabolizando su relación con occidente.

Su aparición como potencia emergente es y será muy positiva para las naciones en vías de desarrollo que encontramos en ella un socio respetuoso y confiable.
Un hecho importante a considera es que China ha llegado a donde está sin disparar un solo tiro y con una tradición de paz en sus relaciones exteriores. A contrario sensu, los 150 últimos años de la historia china muestran un permanente estado de agresión de las potencias occidentales y del Japón hacia esta gran nación.

Los occidentales sabemos que nuestra cultura es extraordinaria pero que también ha sido muy violenta. Este nuevo G2 tiene el desafío de encontrar el camino del diálogo fecundo que haga de la relación Occidente-Oriente una nueva síntesis que nos permita dejar en el pasado una historia de guerras y odios de los cuales debemos aprender para no repetirlos.

Publicado en “Reflexiones Políticas VIII”. Diciembre de 2018

2019-07-24T11:25:50+00:00 01/12/2018|Categories: 2018, Opinión|